Mariana Rondón: Los sordos queremos ser independientes, no somos vagos, queremos mejorar

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SANTO DOMINGO. AMariana Rondón le gustan las actuaciones de Johnny Depp y Edward Norton y las películas dirigidas por Tim Burton. Prefiere leer suspense y literatura distópica. Aunque se marca unos pasos en ritmos tropicales, dice en tono de chanza que nunca ganaría un concurso de baile. En cuanto a la música para escuchar, sus gustos son muy variados: desde canciones de The Beatles y Chris Brown al saxo de Kenny G... de Juan Luis Guerra a Andrés Calamaro. Pero cuando va a escuchar una canción desconocida, debe buscar la letra para saber qué canta el intérprete porque tiene hipoacusia, un tipo de sordera que a ella le impide distinguir las palabras, aunque sí escucha los sonidos.

Cuando era niña, Mariana vivía en una casa grande junto sus abuelos -ya jubilados entonces, él había sido contador y ella, profesora- en Higüey, mientras su madre trabajaba en Santo Domingo.

-Allá había árboles frutales, de mango -recuerda Mariana-. Uno giganteee tenía un tronco... a él (al abuelo) se le ocurrió aserrar una de las sillas del jardín, de hierro, y con unas cadenas enormes hacerme un columpio en las matas.

Rondón también rememora que le gustaba leer los Cuentos de Andersen inducida por su madre y que cuando estaba en sexto grado la profesora les dijo a los abuelos que notaba que la niña estaba perdiendo la audición porque tardaba en responder en clase.

-De ahí en adelante me llevaron a muchos médicos. Ninguno supo decir qué era lo que tenía-, dice luego de leer en la pantalla de un teléfono móvil la pregunta de cómo quedó sorda.

A los 13 años, luego de que la abuela enfermara, Mariana se mudó a Santo Domingo con su madre. En el edificio donde vivían había un chico sordo que les enseñó el alfabeto de la lengua de signos a Mariana, a sus dos hermanas maternas y a su madre, pero fue a los 25 años cuando aprendió a comunicarse en señas de manera fluida, con los Testigos de Jehová, religión que profesa y que enseña este tipo de lengua centrándose en el estudio de la Biblia -tienen este libro en signos-.

Y hoy Mariana hace junto a otros Testigos de Jehová lo mismo que hicieron con ella: abrirles el mundo de la comunicación a otras personas sordas, muchas veces en sitios remotos.

-Y ese niño o niña antes vivía aislado y luego su vida cambia porque lo ponen en una escuela y tiene una vida lo más normal que se puede- afirma Mariana.

Conforme a estadísticas del Consejo Nacional de la Discapacidad (CONADIS), basadas en la Encuesta ENHOGAR 2013, en República Dominicana viven 97,735 personas con algún tipo de sordera.

Para Mariana, ser sorda en este país es “terrible”: mientras en otros lugares hay variedad de centros técnicos para educarlos -incluso en Estados Unidos hay una universidad cuyos programas están diseñados para personas sordas, la Gallaudet- en todo el país hay solo 10 escuelas para sordos.

Para realizar actividades en apariencia sencillas como ir al médico, comunicarse con un abogado, solicitar documentos en instituciones públicas o incluso acudir a la mayoría de las sucursales de entidades financieras cuando requiere mucho diálogo, una persona sorda debe ir acompañada de otra que sirva de traductora.

Tener una relación de pareja con una persona oyente también puede ser un reto. -Es difícil porque es como personas que hablan diferente. A muchos oyentes no les gustan las señas. Eso significa que si vamos a visitar a su familia, que no sabe señas, va a tener que hacer de intérprete, un trabajo a tiempo completo-, reconoce.

Rondón entiende que es necesario que la toda la sociedad -desde la niñez- cree conciencia y entienda la cultura sorda para vivir sin discriminaciones.

-A veces estoy hablando en señas con otra amiga y niños me hacen gestos sucioso se burlan; eso es todos los días. Sí, hace falta crear conciencia-.

Y en esa conciencia debe incluirse -afirma- la paciencia. Y la comprensión si en alguna ocasión son excesivamente francos: “solemos ser muy directos, me dijeron que el tacto es algo que se aprende escuchando”, cuenta.

Aunque percibe que la situación ha ido mejorando y hoy los toman más en cuenta, Mariana deplora que aun muchas personas crean que los sordos son mudos -llamarles sordomudos, dice, es un insulto para ellos-.

-Los sordos no son mudos, lo que pasa es que para poder hablar debes escuchar -dice Mariana-. No tienen ninguna discapacidad, nada que les impida hablar, solo que no saben hacerlo.

Mariana trabajaba de manera informal -haciendo dulces o tejiendo redes de fútbol- hasta 2015, cuando asistió sin muchas esperanzas a una entrevista en la Asociación Popular de Ahorros y Préstamos (APAP), no solo por su sordera sino porque no tenía preparación en el área financiera. Para su sorpresa la contrataron y en junio cumplirá tres años en APAP.

-El trabajo que hago aquí armoniza perfectamente con mi condición de sorda, porque prácticamente tengo que trabajar con papeles y cuando vienen personas sordas pues yo las atiendo-, explica.

Sin embargo, quiere explorar áreas más creativas: su tarea pendiente es inscribirse en una escuela profesional para convertirse en chef pastelera -le encantan los episodios de Chef's Table, en Netflix, sobre Jordi Roca y Corrado Assenza- e incursionar en la fotografía gastronómica.

-Yo no conocía la palabra discapacidad, no crecí así -confiesa Mariana-. Yo pienso que la discapacidad está en el cerebro de la gente.

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