Fase de moderación


El triunfo del candidato de la izquierda mexicana en las elecciones generales celebradas recientemente, Andrés Manuel López Obrador, tuvo lugar a pesar de la férrea oposición de la mayor parte del empresariado. Ante la debilidad del candidato del partido oficial, los empresarios buscaron otro y le dieron su apoyo. No fue suficiente, sin embargo, y éste terminó segundo, a gran distancia del vencedor.

Cumplido el proceso y en vista de su resultado, la agenda empresarial entró en una segunda fase. Su objetivo es influir sobre los planteamientos y políticas del nuevo gobierno, a fin de acercarlos a los puntos de vista corporativos. Se procura conseguir que en las posiciones económicas claves sean designadas personas cuyos conceptos y trayectorias sean afines con la continuidad del modelo de libre empresa, limitando al máximo posible la injerencia estatal en las actividades productivas. Particularmente combatidos son aquellos colaboradores que traen ideas contrarias a la privatización de entidades públicas, proclives a subsidios populistas, o con sugerencias inquietantes de alzas de impuestos sobre las empresas o las fortunas personales.

Se le hará ver al presidente que una cosa son las propuestas electorales y otra, muy diferente, son las decisiones gubernamentales que se pueden tomar. Frente a cualquier intento de implementar transformaciones radicales, el presidente observará que la moneda se depreciará, proyectos de inversión serán cancelados, subirá la inflación, saldrán capitales del país y decaerá el crecimiento del PIB. Tendrá entonces que dialogar con el sector privado, el cual le ofrecerá todo el apoyo que pueda necesitar, siempre que no se le ocurra hacer algún disparate.

Las fases no son en realidad sucesivas. La fase de moderación, en modo preventivo, comenzó antes del día de las elecciones, facilitada por el hecho de que inicialmente el candidato no tenía a su alrededor muchas figuras de renombre.

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