Afán posicional


El presidente Medina designa sus funcionarios en el momento menos esperado. Aun así, llegando el punto medio de su período gubernamental, y en un país con pocas diversiones y muchas causas de estrés, no se deja pasar una ocasión tan propicia sin barajar posibles nombramientos, traslados y destituciones.

La vida del designado a un alto cargo gubernamental puede tornarse difícil. Se convierte en posible blanco del escrutinio público. Sus hábitos son escudriñados, sus relaciones personales reveladas y sus patrimonios analizados. Haber aceptado el nombramiento se entiende como una renuncia de su privacidad. Sus criterios personales desaparecerán. Cualquier cosa que diga se tomará como una declaración oficial, la cual será contrastada con las de otros funcionarios, analizada para ver si se aparta de la línea del Gobierno, y tomada como indicio de futuras medidas. Sus actuaciones estarán siendo vigiladas por la oposición, pero también por partidarios del gobierno que desearían que se equivoque a fin de reemplazarlo. Los intereses económicos que se mueven alrededor de las dependencias oficiales tratarán de conseguir su apoyo, y si no lo obtienen usarán los medios a su alcance para desacreditarlo. No habrá gratitud para los éxitos que pueda alcanzar. Otros se atribuirán el mérito por los logros que haya conseguido, y le reconocerán sólo los errores en que haya incurrido. Y es probable que quien le sustituya en el cargo busque la forma de borrar el recuerdo de su gestión. Puede serle complicado recabar recursos para hacer su trabajo. No estará seguro de contar con la colaboración de otros funcionarios. Y le será especialmente frustratorio ver cómo los aportes que considera haber hecho con mucho esfuerzo y dedicación, pueden ser rápidamente desbaratados luego de que cese en sus funciones. Pero a pesar de esas agobiantes vicisitudes, la gente se afana para que le den un puesto. ¿Por qué será? Quizás sea por patriotismo. O quizás no.

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